No hay una única respuesta. Una vez detectadas las necesidades de la empresa o del proyecto empresarial, disponemos de varias formas de financiarlas:
Financiación propia: son aquellos recursos financieros, monetarios o no, aportados por los socios, por terceras personas sin exigencia de devolución (subvenciones) y generados por la propia empresa y que no han sido repartidos (reservas, amortizaciones y provisiones, es decir, autofinanciación o financiación interna). En el caso de constitución de una nueva empresa sólo dispondremos de las dos primeras.
Utilizar recursos propios proporciona una mayor independencia, puesto que no debemos dar explicaciones a nadie sobre nuestra gestión (a lo sumo, a las personas que han invertido su dinero en la empresa). También implica que nuestra tesorería ira más desahogada, puesto que no debe soportar unos pagos correspondientes a la devolución de los recursos de terceras personas.
Financiación ajena: son aquellos fondos que han sido puestos a disposición de la empresa de forma temporal. Deben ser devueltos en fechas predeterminadas y suele conllevar el pago de una cantidad adicional (interés) en concepto de remuneración. Conseguir recursos ajenos obliga a la devolución de los mismos, lo que implica que la empresa debe generar recursos suficientes para el pago. Sin embargo, cuando los recursos propios no son suficientes para iniciar o mantener el funcionamiento de la empresa es necesario recurrir a ellos. La obtención de recursos ajenos dota de mayor flexibilidad a la empresa. Ésta es más libre en la vinculación del capital a sus activos, tanto en los procesos de expansión como en los de reducción.
Para ello se ha de valorar el coste financiero: cuando el coste de los recursos ajenos sea inferior al del capital propio y la rentabilidad del activo al que se vincula sea superior al coste del endeudamiento, emplear recursos ajenos provoca un incremento en la rentabilidad del propietario, provocando un efecto de apalancamiento sobre la rentabilidad del capital propio.
Sin embargo, un endeudamiento elevado y concentrado en muy pacas entidades acreedoras puede condicionar la toma de decisiones de la empresa. Además, hay que considerar que la propia marcha de la empresa nos proporciona recursos ajenos sin costes añadidos. Por ejemplo, los pagos a empresas proveedoras frecuentemente se aplazan sin intereses añadidos; el personal laboral va proporcionando su trabajo y no cobra hasta final de mes; el incremento de precio que supone el Impuesto sobre el Valor Añadido y que no debemos liquidar hasta finalizar el trimestre, ...
La evaluación de los recursos propios y ajenos en el desarrollo de la actividad empresarial es una cuestión esencial ya que los desarrollos empresariales requieren un mínimo de capital sin el cual no son viables los proyectos y si no se disponen de los mismos abocan a la perdida de los recursos que se han dispuesto por insuficientes. Ello no quiere decir que, en ocasiones, el esfuerzo, voluntad, tesón y trabajo de los promotores imprescindibles en la actividad empresarial no contrarresten estas insuficiencias.